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Seudotrotskistas en el campo de la contrarrevolución - Histeria sobre el papel de China en África (Febrero de 2014)

2016.06.05 18:53 ShaunaDorothy Seudotrotskistas en el campo de la contrarrevolución - Histeria sobre el papel de China en África (Febrero de 2014)

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Espartaco No. 40 Febrero de 2014
En agosto de 2009, la secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton visitó Angola para supervisar un importante acuerdo entre el gobierno del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) y el gigante petrolífero estadounidense Chevron. Clinton aprovechó la ocasión para anunciar un incremento en la inversión estadounidense, que se sumó a una promesa anterior de Washington de construir dos plantas hidroeléctricas. Para el MPLA nacionalista burgués angoleño, estos acuerdos señalaron un cambio en la actitud de los imperialistas estadounidenses. Durante casi 30 años tras alcanzar su independencia de Portugal en 1975, Angola estuvo sumida en una guerra civil devastadora. En prácticamente todo ese periodo, EE.UU. proporcionó apoyo militar y financiero a las fuerzas guerrilleras aliadas con la Sudáfrica del apartheid en su guerra reaccionaria para derrocar al MPLA, que a su vez era respaldado por la Unión Soviética y Cuba. Además, los capitalistas estadounidenses habían mostrado poco interés en invertir en Angola, incluso después de que la guerra concluyera oficialmente en 2002.
La cara amigable que mostró Clinton al gobierno del MPLA servía a un claro propósito. En el año anterior a su visita, Angola se convirtió en el principal socio comercial africano de China, actualmente el más poderoso entre los países en los que el capitalismo fue derrocado. Angola, proveedor de casi quince por ciento del petróleo chino, ya ha sobrepasado a Arabia Saudita como principal exportador de petróleo a China. A cambio, Beijing proporciona préstamos con bajas tasas de interés que han sido utilizados para construir hospitales, escuelas, sistemas de riego y carreteras. China ha cerrado acuerdos similares con varios países, desde Sudán y Argelia hasta Zambia y la República Democrática del Congo, que proveen de petróleo y minerales metálicos a las industrias en expansión de la China continental.
Para EE.UU. y las demás potencias imperialistas, que sufrieron una derrota histórica con la Revolución China de 1949, éstos no son sucesos gratos. La Revolución de 1949, llevada a cabo por un ejército guerrillero campesino dirigido por el Partido Comunista Chino (PCCh) de Mao Zedong, estableció un estado obrero, si bien burocráticamente deformado desde su origen. La creación en los años subsecuentes de una economía centralmente planificada y colectivizada sentó las bases para un progreso social enorme para los obreros, los campesinos, las mujeres y las minorías nacionales. Desde 1949, los imperialistas han buscado el derrocamiento contrarrevolucionario del gobierno del PCCh y el retorno de China a la explotación capitalista desenfrenada. Para conseguirlo, han aplicado amenazas y presión militar, brindado apoyo a los movimientos y a los “disidentes” anticomunistas locales y, desde hace ya más de 30 años, penetrado la economía de la China continental, cortesía de las “reformas de mercado” del régimen del PCCh.
Desde que, hace cinco años, comenzaron a proliferar los acuerdos comerciales y de ayuda entre China y los países africanos, los portavoces del imperialismo sonaron la alarma. Paul Wolfowitz, presidente del Banco Mundial, arremetió contra los muy favorables préstamos ofrecidos por los bancos estatales de China, que, según él, no cumplen con los “estándares sociales y ambientales”. ¡Y lo dice uno de los principales arquitectos de las guerras del gobierno de Bush en Irak y Afganistán! Sumándose al coro, y resucitando el estilo de la Guerra Fría antisoviética, el Daily Mail británico exclamó en un encabezado (18 de julio de 2008): “Cómo está haciendo China para tomar el control de África y por qué Occidente debería estar MUY preocupado”.
Esta reacción dio pie a un debate entre los académicos y los funcionarios del gobierno en China sobre el papel de ese país en África, aunque desde luego dentro de los límites de la política establecida por la burocracia estalinista de Beijing. Un artículo titulado “La práctica del concepto diplomático chino de un ‘mundo armonioso’: un análisis de las relaciones sino-africanas durante los años recientes”, de Ge Zhiguo, denuncia con razón las “políticas sistemáticas de Occidente hacia África”, que no sólo “no le han brindado prosperidad y estabilidad a África” sino que también han “ocasionado que muchos países africanos se hundan en el caos y la violencia étnica a largo plazo” (Gaoxiao Sheke Dongtai [Perspectivas de las Ciencias Sociales en la Educación Superior], tercer número en 2007; ésta y otras traducciones son nuestras).
Desde los campos de exterminio del Rey Leopoldo en el Congo Belga hasta los campos de concentración británicos en Kenia y el apoyo estadounidense a la Sudáfrica del apartheid, la historia del imperialismo occidental en África es una larga lista de asesinatos masivos, condiciones de trabajo similares a la esclavitud y brutal represión contra los movimientos independentistas y las luchas obreras. De hecho, los antecedentes de esta barbarie pueden trazarse directamente hasta la esclavización de los africanos en el periodo mercantil del capitalismo temprano. La subyugación imperialista, lejos de modernizar a estas sociedades, ha reforzado el atraso y la miseria. Subrayando que las inversiones de China en África están motivadas por propósitos muy distintos, Ge Zhiguo llama a Beijing a reformar algunas de sus propias políticas para contrarrestar el resentimiento entre los africanos ocasionado por el trato a los trabajadores en las empresas chinas y el debilitamiento de los negocios locales frente a los empresarios chinos.
Como trotskistas, en la Liga Comunista Internacional estamos por la defensa militar incondicional de China contra el imperialismo y la contrarrevolución interna. Defendemos el derecho de China a comerciar para obtener lo que necesita para su desarrollo. Sin embargo, reconocemos que los programas de inversión y ayuda chinos no están orientados por el internacionalismo proletario, sino por los propios intereses nacionales estrechos de la burocracia del PCCh, arraigados en el dogma estalinista de “construir el socialismo en un solo país” y su corolario, la “coexistencia pacífica” con el imperialismo (actualmente conocida como la política de un “mundo armonioso”). En su oposición a la perspectiva de la revolución proletaria internacional, el régimen del PCCh se ha acomodado al imperialismo —incluso, como explicamos más adelante, sumándose a EE.UU. y Sudáfrica en el respaldo de las fuerzas antisoviéticas en Angola— al tiempo que apoya militar y políticamente a los gobernantes burgueses “amigables” en África y otros lugares, quienes reprimen brutalmente a los obreros y a los pobres en el campo y la ciudad.
El papel de China en África es contradictorio, lo que no es más que un reflejo de las contradicciones que asedian a la propia China, un estado obrero burocráticamente deformado en un mundo dominado por el imperialismo. Para defender y extender las conquistas de la Revolución China es necesaria una revolución política proletaria que derroque a la burocracia del PCCh y la remplace con un régimen de democracia obrera comprometido a luchar por el socialismo mundial.
China no es capitalista
En el flanco izquierdo de la campaña antichina de los imperialistas se encuentran “socialistas” como el Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT), dirigido por Peter Taaffe, y el Secretariado Unificado (SU) del fallecido Ernest Mandel. Un artículo del 30 de marzo de 2008 titulado “China en África” escrito por Sozialistische Alternative (SAV), sección alemana del CIT, denuncia a China como “un participante más” en el “juego” de la explotación de los países africanos. La SAV afirma que “China, como otros países imperialistas, sólo busca explotar los recursos y los mercados tan eficazmente como sea posible”. En el sitio International Viewpoint del SU (enero de 2007), Jean Nanga, descrito como un “marxista revolucionario del Congo”, condena de modo similar las supuestas “ambiciones globales” de China como “motivadas por el interés capitalista”.
No es nada sorprendente que el CIT y el SU se hayan sumado a la cruzada anticomunista contra China. Prostituyéndose ante la “democracia” burguesa, el SU y el antecesor del CIT vitorearon a toda clase de contrarrevolucionarios respaldados por los imperialistas en la campaña contra la antigua URSS y los estados obreros deformados de Europa Oriental, por ejemplo, Solidarność en Polonia y la turba reaccionaria de las barricadas de Yeltsin en Moscú en agosto de 1991.
Dirigiendo su estalinofobia contra China, el SU ha promovido “disidentes” proimperialistas como el Premio Nobel de la “Paz” Liu Xiaobo, partidario de las guerras estadounidenses en Vietnam, Irak y Afganistán (ver “Hong Kong: Fake Trotskyists Hail Imperialist Running Dog Liu Xiaobo” [Hong Kong: Falsos trotskistas celebran al mandadero imperialista Liu Xiaobo], WV No. 981, 27 de mayo de 2011). Por su parte, el CIT, como señalaron nuestros camaradas en la Spartacist League/Britain, celebró los disturbios anticomunistas en el Tíbet y ha defendido abiertamente al Taiwán capitalista “democrático”, respaldado desde siempre por los imperialistas de EE.UU. y Japón como una daga dirigida contra la República Popular China (ver “China Is Not Capitalist” [China no es capitalista], Workers Hammer No. 202, primavera de 2008). Peter Taaffe gusta de pontificar que la “transición” hacia el capitalismo completo “aún no ha sido terminada del todo” (“Halfway House” [A mitad del camino], Socialism Today, julio/agosto de 2011). Esto no es más que un poco de cobertura cosmética al apoyo concreto y constante que brinda el CIT a las fuerzas de la contrarrevolución.
El furor sobre el papel de China en África comenzó a incrementarse de lleno en 2006, en respuesta al conflicto de Darfur en el occidente de Sudán, que tuvo como consecuencia una masacre y el desplazamiento de cerca de dos millones de personas. La causa inmediata del conflicto fue el uso por parte del gobierno de Kartoum de las milicias janjaweed, con base entre los musulmanes nómadas, en su guerra contra las guerrillas apoyadas por la población agrícola, también musulmana. En EE.UU., una campaña promovida por derechistas cristianos, sionistas y varios liberales importantes, que exigían la intervención imperialista para “salvar a Darfur”, demonizó a China, que ha hecho inversiones importantes en la producción petrolera de Sudán y mantiene estrechos lazos con el régimen de al-Bashir, proporcionándole equipo militar. Sumándose a esta intriga, el artículo de 2008 del SAV se lamentaba: “El régimen chino, que importa ocho por ciento de su petróleo de Sudán, ha demostrado durante el reciente conflicto que tiene mucho interés en sus ganancias, pero da muchísima menos importancia a la suerte de la población local”.
Cabe señalar que uno de los factores que ha empujado a China a depender cada vez más del petróleo africano fue una campaña salvajemente anticomunista, dirigida fundamentalmente por la burocracia sindical estadounidense, que logró impedir que la Chinese National Offshore Oil Company adquiriera en 2005 a Unocal, con sede en EE.UU. A inicios de ese año, el afiliado estadounidense del CIT, llamado Socialist Alternative, se enlistó en el esfuerzo antichino, firmando conjuntamente un volante que exigía que la Universidad de Harvard retirara sus inversiones de PetroChina, otra petrolera de propiedad estatal, y Unocal.
Puede que las diatribas en contra de China de los liberales y los supuestos socialistas suenen bien en Londres, París u otros centros imperialistas, donde el grueso de la izquierda empuja la mentira de que China es capitalista o está irreversiblemente destinada a serlo. Pero el mensaje no genera tanto entusiasmo en África, donde la ayuda china en la construcción de hospitales, escuelas y demás infraestructura contrasta agudamente con el legado dejado por los verdaderos imperialistas: pobreza extrema, atraso social y guerras étnicas y tribales. La repartición de África entre las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-85 marcó el surgimiento del imperialismo moderno. Como explicó V.I. Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), los países industrializados avanzados se veían en la necesidad cada vez mayor de exportar capital a los países más atrasados en busca de materias primas y mano de obra barata. La competencia resultante entre los imperialistas llevó a dos guerras mundiales y numerosas aventuras coloniales, con un costo incalculable en términos de muerte y destrucción.
El que las inversiones chinas en África sirven a un propósito fundamentalmente distinto puede verse en el tipo de valor de las mercancías que generan. Todas las mercancías —desde los productos de la minería hasta los bienes manufacturados— poseen valor de uso (en tanto que objetos de consumo deseables) y valor de cambio (reflejado aproximadamente en los precios del mercado). Bajo el capitalismo, los propietarios de las plantas industriales y demás medios de producción acumulan ganancias contratando mano de obra que produzca bienes con el propósito de incrementar el valor de cambio. Las inversiones de China en el extranjero, financiadas por varios de los bancos estatales, no están impulsadas por la ganancia, sino por la necesidad de materias primas para sus industrias colectivizadas en casa, es decir, para extraer valor de uso.
Un funcionario del Departamento de Estado de EE.UU. llamado Princeton Lyman, que ciertamente no es un marxista, básicamente lo admitió en una presentación de 2005 a la comisión del Congreso estadounidense de relaciones EE.UU./China:
“China utiliza una serie de instrumentos para impulsar sus intereses en formas que las naciones occidentales sólo pueden envidiar. La mayor parte de las inversiones chinas se llevan a cabo a través de compañías estatales, cuyas inversiones no necesitan ser redituables si cumplen con los objetivos generales chinos. De ese modo, el representante de la compañía constructora de propiedad estatal china en Etiopía está en libertad de revelar que Beijing le ordenó rebajar los presupuestos en varias licitaciones, sin importar que dejaran o no ganancias. El objetivo a largo plazo de China en Etiopía está en acceder a futuras inversiones en recursos naturales, no en obtener ganancias en la industria de la construcción”.
El hecho de que China participe en el intercambio comercial global no la hace capitalista o imperialista. Como la inversión china no está motivada por la ganancia capitalista, sus efectos son radicalmente distintos a los que produce la explotación imperialista de los países del Tercer Mundo. Martyn Davies, director de la China Africa Network en la Universidad de Pretoria en Sudáfrica, aclama a los chinos por ser “los principales constructores de infraestructura” en África (“The Next Empire?” [¿El próximo imperio?], Atlantic, mayo de 2010), una perspectiva que encuentra eco en la académica estadounidense Deborah Brautigam y su libro de 2009 The Dragon’s Gift (El regalo del dragón, Oxford University Press), muy favorable al papel de China en África.
Presiones del mercado mundial
La necesidad de importar materia prima se agudizó hace una década, cuando, debido a la tasa galopante de crecimiento, la China continental se mostró incapaz de proporcionar el grueso del petróleo y los metales que necesitaba la industria. Gracias a su política de “volverse global”, para 2009 China importaba ya 52 por ciento de su petróleo y 69 por ciento del hierro.
La situación de China contrasta con la del estado obrero soviético que emergió de la Revolución de Octubre de 1917, dirigida por el Partido Bolchevique. Después del fracaso de las revoluciones proletarias en países europeos más avanzados, especialmente Alemania, una casta burocrática conservadora dirigida por I.V. Stalin usurpó el poder político a partir de 1923-24. A pesar de estar marcada por el atraso heredado del zarismo y los efectos devastadores de la guerra imperialista y civil, la Unión Soviética poseía abundantes cantidades de hierro, petróleo, madera y otras materias primas. Stalin y compañía se sirvieron de ese hecho para argumentar la noción utópica y reaccionaria de que la Rusia soviética podía alcanzar el socialismo por sí misma. Esto arrojó por la borda el entendimiento marxista básico de que alcanzar el socialismo —una sociedad de abundancia material— requiere del poder obrero internacional, sobre todo en los países industrialmente avanzados.
Gracias a su economía planificada, la Unión Soviética atravesó un periodo de crecimiento fenomenal en la década de 1930, mientras el resto del mundo estaba sumido en la Gran Depresión. Sin embargo, usando sólo sus propios recursos y esfuerzos, la URSS no podía alcanzar, ni mucho menos superar, el nivel tecnológico y de productividad de la mano de obra en los países capitalistas avanzados. Décadas de presión económica y militar, combinadas con la mala administración burocrática y las oportunidades revolucionarias que los estalinistas vendieron en todo el mundo, terminaron por debilitar fatalmente al estado obrero soviético, que fue destruido por la contrarrevolución capitalista en 1991-92.
En la secuela de esta catástrofe, la dirección del PCCh condujo un estudio interno para determinar cómo evitar la misma suerte, aferrándose siempre a su programa nacionalista y estalinista del “socialismo con características chinas”. Una de las conclusiones a las que llegó el régimen es que la Unión Soviética había utilizado una cantidad excesiva de recursos propios tratando de competir con los imperialistas militarmente o en otros sectores. De ese modo, decidieron que China, en cambio, expandiría y profundizaría sus lazos con el mercado capitalista mundial. Beijing es un socio tan “confiable” en el mercado mundial, que el economista en jefe en el Banco Mundial, una de las principales instituciones en la imposición de los dictados imperialistas, [era hasta 2012] Justin Yifu Lin, ¡uno de los principales economistas de China!
En su esfuerzo por “volverse global”, Beijing ha incrementado su apoyo a la intervención militar de las Naciones Unidas, una guarida de ladrones imperialistas y sus víctimas, en el Tercer Mundo. Esto representa un cambio en la política que adoptó el PCCh cuando China fue admitida en las Naciones Unidas hace 40 años. Como señala Stefan Stähle en “China’s Shifting Attitude Towards United Nations Peacekeeping Operations” [La actitud cambiante de China hacia las operaciones de paz de las Naciones Unidas] en la publicación académica China Quarterly (septiembre de 2008):
“Al principio, China rechazaba completamente la idea de las misiones de paz de las Naciones Unidas. Beijing consideraba que todas las intervenciones de la ONU estaban manipuladas por las superpotencias, en gran medida porque la propia China había sido el blanco de la primera operación dirigida por EE.UU. que autorizó la ONU, en 1951 [sic, debería ser 1950] durante la Guerra de Corea... Sin embargo, desde que en 1981 China empezó a abrirse al mundo, los diplomáticos chinos han votado a favor de todas las misiones que implicaban tareas tradicionales de pacificación o transiciones controladas”.
En palabras simples, esas “tareas tradicionales de pacificación” no quieren decir más que sangrienta represión e imposición de los dictados imperialistas. China, criminalmente, ha comprometido sus propias fuerzas policiacas y militares a esa clase de “pacificación”, desde Haití hasta Sudán. Como señaló Chris Alden en China in Africa (Zed Books, 2007): “La mayor parte de las fuerzas de paz chinas están, de hecho, ubicadas en África, lo que hace a China el mayor contribuyente entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a las misiones de paz”. Como internacionalistas proletarios, exigimos que China ponga fin a su participación en las misiones militares de la ONU.
Dado que la economía de China sigue creciendo mientras que las de los países imperialistas permanecen estancadas en una depresión aparentemente sin fin —la demostración más reciente de las crisis intrínsecas al sistema de producción basado en las ganancias—, parecería que Beijing ha encontrado un modo de evitar las presiones que llevaron eventualmente al colapso de la Unión Soviética. Esa idea, sin embargo, se basa en nociones completamente falsas: la estabilidad del orden capitalista internacional y la benevolencia de los socios comerciales de China, que dominan el mercado mundial.
En la propia China, el sorprendente crecimiento económico sirve para exacerbar las tensiones sociales y de clase. Particularmente gracias a las “reformas de mercado”, ha sido creada una enorme división entre los funcionarios gubernamentales corruptos, los empresarios capitalistas y los pequeñoburgueses privilegiados, por un lado, y los cientos de millones de proletarios (en compañías privadas y estatales) y de campesinos pobres, por el otro. El año pasado, una oleada de huelgas en fábricas automotrices y otras empresas privadas fue un componente más de lo que el régimen del PCCh llama “incidentes masivos” —paros laborales, asambleas con listas de peticiones, manifestaciones contra la corrupción, etc.—. El número de estos incidentes alcanzó 180 mil en 2010, duplicándose desde 2006.
Tarde o temprano, el régimen estalinista llevará a China a la encrucijada, haciendo inminente la amenaza de la contrarrevolución. Al mismo tiempo, el antagonismo entre la burocracia y las masas trabajadoras chinas está preparando el camino para que una revolución política proletaria derroque al régimen estalinista parasitario. El proletariado chino necesita la dirección de un partido leninista-trotskista que combata a los apóstoles de la contrarrevolución “democrática”, incluidos los que empujan este programa en ropajes “socialistas” o incluso “trotskistas”, y que lleve a la clase obrera a romper con el nacionalismo estalinista. Dirigida por un partido así, una China de consejos obreros y campesinos promovería la revolución proletaria internacionalmente. Bajo el poder obrero, la capacidad industrial y tecnológica de Japón, EE.UU. y Europa Occidental sería canalizada para auxiliar el desarrollo completo de China como parte del orden socialista mundial.
La “no injerencia”: apoyo al dominio burgués
En respuesta a los cargos de “neocolonialismo” chino en África, muchos académicos y portavoces gubernamentales en China señalan la política de Beijing de “no injerencia” en los asuntos internos de otros países. Escribiendo en una publicación académica, Liu Naiya celebraba la ayuda de China hacia los países excoloniales como “un ‘regalo’ para el nacionalismo africano de parte de un país socialista. En otras palabras, es una inversión política racional: una gran demostración de la fraternidad amigable del comunismo internacional” (“Mutual Benefit: The Essence of Sino-African Relations—A Response to the Charge of ‘China’s Neocolonialism in Africa’” [Beneficio mutuo: La esencia de las relaciones sino-africanas. Una respuesta a la acusación de “neocolonialismo chino en África”], Xiya Feizhou [África y Asia Occidental], agosto de 2006).
Los voceros del PCCh gustan de señalar la ayuda y el apoyo diplomático que al inicio brindó China a algunos de los movimientos que lucharon por la independencia contra el dominio colonial. Aunque no hay duda que las inversiones y la ayuda chinas han impulsado el desarrollo de muchos países africanos, esto está muy lejos de ser internacionalismo proletario. Los acuerdos comerciales chinos están acompañados de una “condición política”: la promesa de Beijing de no hacer nada que pueda molestar a sus socios comerciales burgueses. De ese modo, los estalinistas chinos ayudan a apuntalar el orden capitalista que mantiene a las masas de obreros y campesinos africanos en la pobreza más abyecta. La disposición del PCCh a respaldar regímenes reaccionarios burgueses quedó de manifiesto ya desde la Conferencia de Solidaridad Afroasiática de 19551 en Bandung, Indonesia, donde Zhou Enlai expuso los “Cinco principios de la coexistencia pacífica”, que incluían la promesa de no presionar a otros países para que cambiaran sus sistemas económicos. Al mismo tiempo, el régimen de Mao mantenía una política de coexistencia pacífica con Japón, la principal potencia imperialista de Asia, lo que desnuda las supuestas pretensiones “antiimperialistas” de este programa de colaboración de clases.
Un argumento común a favor de la política de Beijing es la construcción del tren entre Tanzania y Zambia por parte de la China de Mao en la primera mitad de la década de 1970. Éste fue un acontecimiento significativo alcanzado gracias a los enormes sacrificios laborales de los obreros chinos. Pero al mismo tiempo, el PCCh apoyó políticamente al régimen de Nyerere en Tanzania, que reprimía las luchas sindicales elementales de los obreros empobrecidos.
De ese modo, los estalinistas chinos dejaban entrever su parentesco político con la burocracia del Kremlin. La ayuda soviética fue esencial en la construcción de la presa de Aswan en Egipto, terminada en 1970. Pero a esta ayuda se sumaron asesores soviéticos militares así como en otras áreas. De hecho, ¡Moscú le proporcionó al régimen bonapartista de Nasser en Egipto equipo militar más avanzado del que le dio a Vietnam del Norte en su heroica lucha contra el imperialismo estadounidense! Mientras tanto, el Partido Comunista de Sudán, alineado con los soviéticos, se subordinó al caudillo nacionalista burgués Nimeiry, traicionando una oportunidad revolucionaria que concluyó con una masacre de comunistas a principios de la década de 1970. Siguiendo el mismo programa de colaboración de clases, el Partido Comunista de Sudáfrica (PCS) ha estado sumergido por más de 80 años en una alianza con el Congreso Nacional Africano (CNA), que hoy en día implica ayudar a imponer los dictados del capitalismo del neoapartheid como parte del gobierno burgués dirigido por el CNA.
Los marxistas revolucionarios reconocemos que un estado obrero puede verse en la necesidad de establecer acuerdos comerciales y diplomáticos con estados capitalistas. Pero esto no debe confundirse con la tarea del partido comunista de dirigir la lucha por la revolución proletaria. En la época de Lenin, el estado obrero soviético firmó el tratado de Rapallo con la Alemania capitalista en 1922, un acuerdo que incluía cooperación militar. Al mismo tiempo, los bolcheviques eran la fuerza dirigente en la Internacional Comunista, luchando por forjar partidos comunistas que pudieran dirigir exitosamente a los obreros, entre ellos los alemanes, a la toma del poder.
Un régimen revolucionario también buscaría utilizar sus activos en el extranjero como un arma de la estrategia proletaria internacionalista. León Trotsky explicó lo anterior en referencia al Ferrocarril Oriental de China, que, aunque había sido construido originalmente por la Rusia zarista para apuntalar su explotación de China, estaba en manos soviéticas como resultado de la Revolución de Octubre. En 1929, dos años después de masacrar a decenas de miles de comunistas y otros combatientes obreros, el régimen de Chiang Kai-shek provocó un conflicto militar con la Unión Soviética, entonces bajo la burocracia estalinista, por el control del tren. En “Defensa de la república soviética y de la Oposición” (septiembre de 1929), Trotsky luchó contra aquéllos que consideraban “imperialista” la política soviética en este sentido. Escribió: “consideramos al Ferrocarril Oriental de China un arma de la revolución mundial, más específicamente de las revoluciones de Rusia y China... Mientras tengamos la posibilidad y las fuerzas suficientes, lo protegeremos del imperialismo para entregarlo a la revolución china victoriosa”.
Más adelante Trotsky explica que el carácter de esta “empresa socialista, su administración y sus condiciones de trabajo, tendrían que permitir un mejoramiento de la economía y el nivel cultural del país atrasado mediante el capital, la tecnología y la experiencia de los estados proletarios más ricos, en beneficio de ambas partes”. Proyectando el modo en que una dictadura proletaria en Gran Bretaña habría de lidiar con las concesiones de los antiguos gobernantes imperialistas en la India, escribió:
“El estado obrero no deberá abandonar las concesiones sino transformarlas en vehículos de la construcción económica de la India y de su futura reconstrucción socialista. Naturalmente, esta política, necesaria también para consolidar el socialismo en Inglaterra, sólo podría realizarse en acuerdo con la vanguardia del proletariado indio y presentándoles ventajas concretas a los campesinos indios”.
La traición antisoviética del PCCh
La perspectiva trazada por Trotsky está diametralmente opuesta al programa nacionalista y antirrevolucionario de los estalinistas chinos. Esto se vio claramente con la alianza criminal que el régimen de Mao forjó con el imperialismo estadounidense en contra de la Unión Soviética, difamada y acusada por los maoístas de ser “socialimperialista” y el “principal enemigo” de los pueblos del mundo.
Uno de los resultados de esta traición fue la devastación de Angola a lo largo de décadas de guerra. Después de obtener su independencia de Portugal en 1975, el país se sumió en una guerra civil entre tres fuerzas guerrilleras nacionalistas, el MPLA, la Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA) y el Frente de Liberación Nacional de Angola (FLNA). Inicialmente, como marxistas, no apoyamos a ninguno de los bandos en conflicto, todos ellos movimientos nacionalistas pequeñoburgueses que aspiraban a consolidar un régimen burgués. Sin embargo, la situación cambió rápidamente.
Auxiliado por la Unión Soviética, el MPLA se hizo del control de la mayor parte de las áreas clave, incluida la capital Luanda, y declaró a Angola una “república popular”. En respuesta, EE.UU. forzó a la UNITA y al FLNA a unificarse y les proporcionó armas, mientras que Sudáfrica y Portugal sumaron centenares de sus propias tropas al esfuerzo por derrocar al MPLA. De ese modo, la guerra civil se transformó en una guerra a distancia entre el imperialismo estadounidense y el estado obrero degenerado soviético. Los marxistas teníamos un lado claro en este conflicto: a favor de la victoria militar del MPLA. La China de Mao, sin embargo, apoyó activamente al FLNA/UNITA financiado por la CIA, llegando incluso a mandar instructores militares para que entrenaran a los asesinos anticomunistas. En testimonio del papel de China, funcionarios estadounidenses señalaron que Washington había logrado ahorros en “el apoyo a los movimientos anticomunistas, porque estábamos contentos de dejarle a los chinos el trabajo en el terreno” (citado en Le Monde, 5 de diciembre de 1975). ¡He ahí la “no injerencia”!
Al tiempo que las tropas sudafricanas dirigían una guerra relámpago contra Luanda, el órgano oficial chino Peking Review (21 de noviembre de 1975) publicó una declaración política de alto nivel condenando la “expansión y la burda interferencia de la Unión Soviética”, ¡rehusándose a mencionar siquiera la invasión por parte de las fuerzas del apartheid! La ayuda soviética, combinada con la subsecuente intervención de las heroicas tropas cubanas, eventualmente logró revertir la situación e hizo retroceder a los títeres imperialistas y su avanzada sudafricana. Pero la guerra civil continuó. Los puentes bombardeados, los caminos rurales y los campos plagados de minas y el colapso casi total de la infraestructura incrementaron enormemente el profundo atraso preexistente del país.
Las masas angoleñas pagaron con sangre la traición de los estalinistas chinos, que posteriormente han sacado ventaja de la miseria de Angola y otros países en el África subsahariana a la que ellos mismos contribuyeron. De manera más importante, con su ayuda material a las fuerzas antisoviéticas respaldadas por el imperialismo, desde el sur de África hasta Afganistán en las décadas de 1970 y 1980, el PCCh contribuyó a la destrucción de la propia URSS, una derrota catastrófica para los obreros y oprimidos de todo el mundo, incluida China.
¡Por el internacionalismo proletario!
Al estar guiada por los intereses nacionales estrechos de la burocracia de Beijing, la inversión extranjera con frecuencia contrapone a las empresas y los administradores chinos con los obreros que emplean. Junto con las minas, las instalaciones petroleras y los proyectos de construcción financiados por China que brotan por toda África, ha salido evidencia de abusos laborales a través de prácticas discriminatorias de contratación, bajos salarios y acciones rompesindicatos abiertas. Un estudio citado por Deborah Brautigam en The Dragon’s Gift encontró que las compañías constructoras chinas en Namibia violaban las leyes del salario mínimo y los requisitos de entrenamiento basados en la “acción afirmativa”, rehusándose además a pagar seguro social y otras prestaciones. Los obreros chinos en África han emprendido sus propias luchas contra el maltrato. Según Brautigam, cuando unos 200 trabajadores chinos de la construcción se fueron a huelga en Guinea Ecuatorial en marzo de 2008, un choque con las fuerzas de seguridad locales dejó un saldo de dos trabajadores muertos.
Un hecho que tanto la prensa burguesa como la de la “izquierda” ignoran casi por completo es que detrás de muchos de los peores ataques en contra de obreros africanos se encuentran los empresarios privados chinos, que, con el beneplácito de Beijing, han logrado colgarse como sanguijuelas del programa de inversión chino. En 2010, dos supervisores chinos en la Collum Coal Mine en Zambia le dispararon a trece trabajadores durante una protesta salarial. El año siguiente, las autoridades de Zambia decidieron no levantar cargos, ocasionando una extendida furia entre los zambianos. La mina, descrita en la prensa como “de propiedad china”, no estaba en manos del estado, sino de un inversionista privado, y era administrada por sus cuatro hermanos menores.
Los marxistas apoyamos a los obreros en lucha por derechos sindicales y por salarios y prestaciones decentes, lo que incluye las luchas contra los administradores chinos. Al mismo tiempo, es necesario combatir a los demagogos nacionalistas y a los falsos dirigentes sindicales que ponen de pretexto los abusos contra los obreros para subirse al vagón anti-China de los imperialistas. Por ejemplo, la federación sindical COSATU en Sudáfrica, parte de la Alianza Tripartita con el CNA y el PCS, denuncia desde hace ya mucho tiempo que la ropa importada de China desplaza a los fabricantes locales.
Esta clase de proteccionismo promueve la mentira de que el proletariado sudafricano (mayoritariamente negro) tiene “intereses nacionales” comunes con la clase capitalista sudafricana (mayoritariamente blanca), y revela la bancarrota de las proclamaciones de solidaridad obrera internacional por parte de los burócratas de la COSATU. Finalmente, alimenta las fuerzas de la contrarrevolución en China, fortaleciendo la mano de los imperialistas, cuyo poderío económico y militar representa un obstáculo formidable a la revolución proletaria en Sudáfrica y otros países. La defensa de China y de los demás estados obreros deformados —Cuba, Corea del Norte, Vietnam y Laos— es de vital importancia para la lucha por un futuro socialista en África, un objetivo en el que la combativa y estratégicamente concentrada clase obrera sudafricana es clave. ¡No pueden obtenerse conquistas nuevas si no se defienden las ya obtenidas!
Los marxistas también deben combatir el chovinismo que permea a la burocracia estatal china y sus representantes en ultramar. Dado que Beijing determina los presupuestos y las fechas de entrega, las compañías chinas frecuentemente emplean a trabajadores de China en lugar de contratar localmente. En defensa de este tipo de prácticas, el gerente general de la China National Overseas Engineering Corporation, de propiedad estatal, declaró: “Los chinos pueden soportar condiciones de trabajo muy intensas. Ésta es una diferencia cultural. Los chinos trabajan hasta terminar y después descansan”. Los obreros zambianos, se quejaba, “son como los británicos”: “Tienen pausas para el té y un montón de días de descanso. Para nuestra compañía constructora esto implica costos mucho mayores” (citado en Chris Alden, China in Africa). Esta clase de comentarios dejan bien claro el nivel de desprecio que sienten los burócratas chinos tanto hacia los trabajadores africanos como hacia los chinos.
Después de heredar las operaciones en el extranjero de las empresas estatales chinas, un gobierno de consejos obreros y campesinos en China haría un esfuerzo especial para contratar y entrenar a los trabajadores locales, con derechos sindicales y salarios y prestaciones superiores a los estándares locales. Un gobierno así también se desharía de los elementos burgueses que han surgido en China como resultado de las “reformas de mercado” y que también han logrado llegar a África. Pero, sobre todo, seguiría el ejemplo del joven estado obrero soviético promoviendo la victoria del poder obrero en todo el planeta. Esa lucha requiere de la dirección de partidos leninistas de vanguardia, y, para lograr esa tarea, la LCI lucha por reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/40/africa.html
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2016.06.03 14:00 ShaunaDorothy ¡Abajo la OTAN! ¡Por unos estados unidos socialistas de Europa! (27 de marzo de 2009)

https://archive.is/HNJlk
Espartaco No. 31 Primavera de 2009
Declaración de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)
¡Abajo la OTAN!
¡Por unos estados unidos socialistas de Europa!
Esta introducción ha sido traducida de Workers Vanguard No. 934, 10 de abril de 2009.
La siguiente declaración fue emitida el 27 de marzo por el Comité Ejecutivo Internacional de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista). La declaración fue distribuida por nuestros camaradas de la Ligue trotskyste de France y el Spartakist-Arbeiterpartei Deutschlands [Partido Obrero Espartaquista de Alemania], secciones de la LCI, en protestas contra la OTAN en Estrasburgo, Francia. Fue también distribuida por la Spartacist League/Britain en la protesta contra el G-20 en Londres los días 1º y 2 de abril. Para proteger a los sanguinarios gobernantes imperialistas de la OTAN contra la justificada indignación, el centro de la ciudad de Estrasburgo fue puesto en estado de sitio armado desde días antes de la cumbre, mientras que en los suburbios, miles de manifestantes anti-OTAN provenientes de toda Europa fueron recibidos con un brutal terror policiaco. El 4 de abril unas 50 personas fueron heridas por los infames policías antimotines CRS de Francia. Los policías franceses siguieron la pauta de los policías londinenses, quie- nes habían reprimido brutalmente a las manifestaciones anteriores contra el G-20. El desenfrenado ataque policiaco en Londres condujo a la muerte de Ian Tomlinson, un hombre de 47 años de edad. Tres testigos dijeron al Guardian de Londres (7 de abril) que Tomlinson fue golpeado con una macana y lanzado al piso por un policía; su cabeza golpeó el pavimento. Más de 300 personas fueron arrestadas durante las protestas contra la OTAN. Al menos seis manifestantes ya han sido sentenciados a entre tres y seis meses de prisión por tribunales de Estrasburgo. Esta represión estatal tiene como blanco a todo el movimiento obrero. ¡Libertad a todos los manifestantes! ¡Abajo todos los cargos! ¡Por protestas obreras contra la represión estatal!
En su reunión de abril en Estrasburgo, Francia, el nuevo presidente estadounidense Barack Obama y los dirigentes de Francia, Alemania y otros países miembros de la OTAN celebrarán el 60 aniversario de esta alianza imperialista. La reunión tomará lugar en el contexto de las brutales, y aún en curso, ocupaciones neocoloniales de Irak y Afganistán, la reciente masacre de palestinos en Gaza y la creciente crisis económica mundial que amenaza el sustento de cientos de millones de personas. Casi 18 años después de la caída de la Unión Soviética, y a pesar de los incesantes mantras burgueses acerca de la superioridad del capitalismo, este sistema profundamente irracional está demostrando por sí mismo una vez más que Karl Marx tenía razón.
La única forma de escapar del callejón sin salida al que el capitalismo ha conducido a la humanidad es la revolución proletaria internacional que le arrebate las fuerzas productivas a una minoría explotadora y organice la sociedad sobre bases racionales. Se requiere del dominio obrero internacional para limpiar el desastre dejado por el imperialismo capitalista en decadencia y para sentar las bases de una sociedad comunista sin clases, en donde la escasez económica, la explotación, la opresión y la guerra sean reliquias de un pasado sumido en las tinieblas. El punto de partida es el entendimiento marxista de que la clase obrera no puede utilizar al estado capitalista para sus propios intereses; en cambio, ese estado debe ser destruido y remplazado por un estado obrero, la dictadura del proletariado.
Se espera que decenas de miles se manifiesten contra la cumbre de aniversario de la OTAN, y el estado burgués está preparándose para responder con la bota militar de la represión policiaca. Pero el objetivo de los organizadores de la protesta —que rechazan los objetivos del comunismo y la estrategia proletaria, revolucionaria e internacionalista necesaria para alcanzarlos— es presionar a los imperialistas para que efectúen pequeños “cambios” y puedan venderles mejor su sistema de explotación a los obreros y los oprimidos. Los socialdemócratas, los liberales “globalifóbicos” y los pacifistas burgueses empujan vetustos discursos sobre las “políticas de paz” y la “cooperación internacional” para engañar a las masas y favorecer los intereses de sus propias burguesías. Los anarquistas que están movilizándose para las manifestaciones —por ejemplo, con la consigna “Smash, we can!” [“¡Aplastémoslo, sí podemos!”]— no tienen nada que ofrecer más que la ilusión de “obligar” al desarme bajo el capitalismo.
El empuje hacia la guerra está inextricablemente enraizado en el sistema capitalista, como lo está el empuje a incrementar las ganancias. El imperialismo es la fase superior del capitalismo, marcado por la dominación del orbe por un pequeño club exclusivo de grandes potencias capitalistas que gobiernan sobre las naciones más débiles y dependientes. Durante el siglo pasado, en dos ocasiones la competencia imperialista por recursos, mercados y esferas de explotación estalló en guerras mundiales cataclísmicas. En 1915, en medio de la primera guerra interimperialista, el destacado dirigente bolchevique V.I. Lenin atacó a quienes difunden ilusiones en el capitalismo al predicar sobre la “paz en general”:
“Nada ciega más a los obreros, les inculca la falsa idea de que la contradicción entre el capitalismo y el socialismo es superficial; nada hay que encubra mejor la esclavitud capitalista. No; debemos utilizar el estado de ánimo favorable a la paz para explicar a las masas que los beneficios que esperan de ella son imposibles sin una serie de revoluciones.”
Guiados por este programa revolucionario, Lenin y los bolcheviques dirigieron la Revolución de Octubre de 1917, que derrocó al capitalismo y sacó a Rusia de la Primera Guerra Mundial.
La alianza bélica de la OTAN fue formada después de la Segunda Guerra Mundial —y de la victoria del Ejército Rojo soviético sobre el III Reich de Hitler— como parte de la campaña de los imperialistas para “echar atrás al comunismo”. Desde la Guerra de Corea en los años 50 hasta el golpe militar de 1980 en Turquía, puesto de avanzada de la OTAN, la cruzada antisoviética dirigida por EE.UU. fue sellada con la sangre de millones de obreros, izquierdistas y miembros de nacionalidades oprimidas. El orden mundial imperialista de hoy en día ha sido moldeado por la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética en 1991-92. Ésta fue una derrota histórica para las masas obreras internacionalmente, especialmente para las poblaciones de la antigua Unión Soviética, Europa Oriental y la ex RDA, que han enfrentado un empobrecimiento masivo. La restauración capitalista vino acompañada de masacres comunalistas y derramamiento fratricida de sangre, y dio impulso a éstos, como pudo verse de manera más reciente con la guerra entre Rusia y Georgia, estado cliente de EE.UU. El colapso de la URSS alentó los apetitos de los imperialistas de pisotear al mundo entero con impunidad. Los catastróficos resultados de la contrarrevolución subrayan la importancia vital que tiene hoy en día la defensa militar incondicional de China, el más poderoso de los estados obreros burocráticamente deformados que aún existen, y los demás países donde ha sido derrocado el yugo capitalista: Cuba, Corea del Norte y Vietnam. Llamamos por la revolución política proletaria para remplazar a las burocracias estalinistas parasitarias con regímenes basados en la democracia obrera y el internacionalismo bolchevique.
Barack Obama: Comandante en jefe del racista imperialismo estadounidense
Hoy en día, es necesario reafirmar el entendimiento elemental de que el presidente del estado capitalista estadounidense es el enemigo de clase de los obreros y los oprimidos del mundo, particularmente del proletariado estadounidense, de los inmigrantes y de la especialmente oprimida población negra. Aunque la decisión de cerrar Guantánamo (en el lapso de un año) y de considerar la liberación de algunos detenidos fue presentada con bombo y platillo, Obama ha endosado la detención indefinida, que trae a la mente las dictaduras de estado policiaco, y, en general, está decidido a continuar la “guerra contra el terrorismo” de Bush. En esto, está completamente de acuerdo con los gobernantes europeos, que simplemente querían darle una ligera fachada “humanitaria” a esta cruzada, que ha sido utilizada por todos los gobiernos imperialistas para fortalecer la represión estatal contra las minorías oprimidas y la clase obrera y para justificar ideológicamente las depredaciones imperialistas. EE.UU., la ONU y la UE han aplicado sanciones contra Irán y continúan amenazándolo por su programa nuclear. No podría quedar más claro que Irán necesita armas nucleares para refrenar un ataque imperialista.
Mientras el imperialismo estadounidense busca una “estrategia de salida” del atolladero en el devastado Irak, Afganistán ha pasado a ser el centro de atención bajo Obama. Allí, una fuerza de ocupación de la OTAN de 68 mil tropas, incluyen- do un contingente no estadounidense de 32 mil, continúa su octavo año de devastación del país. Obama hizo su campaña y asumió la presidencia bajo la promesa de reducir los niveles de tropas estadounidenses en Irak para dedicarse a lo que un sector significativo de la burguesía estadounidense considera objetivos más estratégicos. Ahora mismo, está haciendo precisamente eso con el envío de 17 mil tropas estadounidenses adicionales a Afganistán y con una escalada de los asesinos bombardeos estadounidenses contra aldeas del vecino Pakistán. Durante años, EE.UU. sostuvo un régimen dictatorial tras otro en Islamabad, favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento de las fuerzas fundamentalistas islámicas apoyadas por el ejército pakistaní. Ahora este país, inestable y armado nuclearmente, podría comenzar a desmoronarse bajo el impacto de la extensión de la guerra afgana por parte de Obama y la presión estadounidense sobre el ejército pakistaní para que expulse al Talibán y sus aliados de las áreas tribales que hacen frontera con Afganistán.
La escalada militar toma lugar en el contexto del desplome que está sufriendo la base económica del imperialismo estadounidense y que ha adquirido proporciones internacionales. La contradicción entre el avasallador poderío militar del imperialismo estadounidense y su debilitada posición económica es la causa del incremento en la irracionalidad y la agresividad de los gobernantes estadounidenses. Éstos ven la presidencia de Obama como su mejor apuesta para reafirmar su posición dominante en esta situación. Haciendo su parte, la izquierda reformista en EE.UU. adoptó la perspectiva de “cualquiera menos Bush”. Tras la victoria de Obama no cabían en sí, como ejemplificó el Workers World Party [Partido Mundo Obrero] al afirmar efusivamente en su periódico del 20 de noviembre de 2008 que: “Como comunistas y revolucionarios nos sumamos a la alegría de los oprimidos y demás progresistas que se reúnen en celebración desde Harlem hasta Colombia y de Japón hasta Kenia con la elección de Obama.”
En aguda contraposición a este grotesco entusiasmo con el nuevo comandante en jefe del bañado en sangre imperialismo estadounidense, la Spartacist League/U.S., sección de la Liga Comunista Internacional (LCI), se opuso por principio a cualquier tipo de apoyo a Obama y todos los demás políticos burgueses, luchando para que los obreros, los jóvenes y los oprimidos rompan con las ilusiones en el Partido Demócrata capitalista y para forjar el partido obrero revolucionario multirracial que se necesita para barrer con el imperialismo estadounidense. Nuestra sección estadounidense dijo la verdad sobre el significado de la presidencia de Obama al escribir inmediatamente después de las elecciones:
“Desde el punto de vista de la clase obrera internacional y de los oprimidos, no hay nada que celebrar en la victoria de Obama, y sí mucho que temer. El entusiasmo entre grandes sectores de la burguesía, por otra parte, está justificado. Después de casi ocho años de uno de los regímenes más incompetentes y ampliamente despreciados de la historia reciente de EE.UU., ahora tienen en Obama un rostro más racional que darle a su sistema brutal e irracional. Obama también ha inspirado ilusiones en los adornos de la democracia burguesa, el recurso a través del cual los capitalistas disfrazan su dominio con la apariencia de un mandato popular. En el extranjero, Obama proporciona una invaluable cirugía plástica al imperialismo estadounidense, principal enemigo de los trabajadores del mundo.”
—Workers Vanguard No. 925, 21 de noviembre de 2008
Los reformistas europeos apoyan a sus propios gobernantes imperialistas
Por su parte, los reformistas europeos también celebran la victoria de Obama en nombre de la política burguesa del “mal menor”. Su visión del gobierno de Obama, a través del lente de sus propios explotadores capitalistas, es que éste será más razonable y “multilateral” que el de su antecesor. De ese modo, Gregor Gysi, Oskar Lafontaine y Lothar Bisky, dirigentes del partido socialdemócrata Die Linke [La Izquierda] en Alemania enviaron a Obama sus “más sentidas felicitaciones”: “La lucha mundial para eliminar la pobreza, para dar a los conflictos una resolución pacífica, contra la catástrofe ambiental, y actualmente contra la crisis financiera internacional más severa en 80 años requiere de la estrecha cooperación y colaboración de la comunidad de estados sobre la base del dominio del derecho internacional” (5 de noviembre de 2008).
Desde la “extrema izquierda”, se unió al coro Alain Krivine, dirigente de la Ligue communiste révolutionnaire (LCR, Liga Comunista Revolucionaria), la sección francesa del falso trotskista “Secretariado Unificado”, que desde entonces se ha liquidado en su propia creación, el abiertamente socialdemócrata Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Aunque admite que Obama es un “defensor del capitalismo”, Krivine escribió entusiastamente en la edición del 22 de enero de Rouge, periódico de la LCR: “Su popularidad y las esperanzas que ha levantado están al nivel del descrédito, el disgusto incluso, que ha dejado la política de Bush. No escondamos entonces nuestro placer al ver al fin una condena total de la que fue una de las presidencias más reaccionarias de Estados Unidos. Más vale tarde que nunca.”
Como subrayan todos estos tributos al nuevo policía supremo del imperialismo estadounidense, la oposición de los reformistas a ciertas políticas de EE.UU. y la OTAN, como la invasión de Irak en 2003 o el envío de más tropas a Afganistán hoy en día, nada tiene que ver con la oposición al sistema imperialista. En cambio, consideran que políticas como éstas atentan contra los “intereses nacionales” de sus propios países capitalistas, que ellos sienten estarían mejor protegidos a través de un mayor grado de independencia respecto de la OTAN dominada por EE.UU., por ejemplo, a través de un eje capitalista franco-germano-ruso como el que promueve Lafontaine. La exigencia central del NPA francés, al movilizarse para la manifestación de Estrasburgo, es que “Francia debería renunciar a su integración en el comando militar de la OTAN”, mientras que grupos reformistas en Alemania, especialmente el Partido Comunista (DKP), junge Welt y los remanentes estalinistas alrededor de la Plataforma Comunista de Die Linke, hacen campaña para que el imperialismo alemán “abandone la OTAN”.
A finales de 2002, la LCR, la italiana Rifondazione Comunista [Refundación Comunista] y los británicos Socialist Workers Party [Partido Obrero Socialista] y Workers Power [Poder Obrero] se unieron para firmar un llamado “A todos los ciudadanos de Europa y todos sus representantes”: “Quienes muestren solidaridad con el pueblo de Irak no serán escuchados en la Casa Blanca. Pero tenemos la oportunidad de influenciar a los gobiernos europeos —muchos de los cuales se han opuesto a la guerra—. Llamamos a todos los jefes de estado europeos a que se opongan públicamente a esta guerra, tenga o no el respaldo de la ONU, y a que exijan que George Bush abandone sus planes de guerra.” ¡Qué encubrimiento de la burguesía alemana de Auschwitz, de los imperialistas franceses que bañaron en sangre a Argelia, de los ocupantes británicos de Irlanda del Norte y de los carniceros italianos de Etiopía! La única razón por la que los imperialistas europeos sienten actualmente mayores reservas para embarcarse en sus propias aventuras imperialistas en el extranjero es porque su poder militar es enormemente inferior al de EE.UU.
Este rastrero llamado otorgó amnistía a los gobiernos europeos que estaban metidos hasta el cuello en la “guerra contra el terrorismo” y las ocupaciones de Afganistán y los Balcanes. Constituyó una ayuda objetiva para los masivos ataques racistas y antiobreros llevados a cabo en casa por estos mismos gobiernos capitalistas. Ahora que Obama es presidente, los reformistas europeos parecen creer que sus gobernantes “serán escuchados en la Casa Blanca” —si tan sólo se aplica suficiente “presión de las masas”—.
En la antesala de la guerra aérea de 1999 contra Serbia y las invasiones de Afganistán en 2001 e Irak en 2003, en la LCI estuvimos por la defensa militar de esos países contra el ataque imperialista sin dar ningún tipo de apoyo político a los degolladores reaccionarios antimujer del Talibán o a las sangrientas dictaduras capitalistas de Saddam Hussein y Slobodan Milosevic. Nos opusimos al bloqueo hambreador de las Naciones Unidas contra Irak y a otras sanciones imperialistas de la ONU. Subrayamos que cada victoria de los imperialistas en sus aventuras militares alienta más guerras de depredación y que cada retroceso sirve para auxiliar la lucha de los trabajadores y los oprimidos en todo el mundo. Llamamos por el retiro inmediato e incondicional de todas las fuerzas de EE.UU., la OTAN, la UE y la ONU de Irak, Afganistán, Pakistán, el Medio Oriente, Asia Central y los Balcanes. El principal medio para defender a las víctimas de la opresión neocolonial contra el abrumador poderío militar del imperialismo estadounidense y sus aliados de la OTAN es la lucha de clases internacional, especialmente por parte del proletariado multirracial estadounidense y sus hermanos de clase en Europa, Japón y otros lugares.
El socialchovinismo y la postración de los reformistas frente a los gobernantes imperialistas en términos de política exterior encuentran su equivalente “en casa” en su apoyo a la colaboración de clases y el proteccionismo. La crisis económica mundial está haciendo trizas las ilusiones de que puede haber una unidad continua entre los imperialistas, ya sea al interior de Europa o entre Europa y EE.UU. Mientras tanto, los imperialistas de Europa Occidental les han dicho a sus burguesías clientes en Europa Oriental que se vayan al demonio. Y, como siempre, los lugartenientes obreros del capitalismo se mantienen firmes junto a sus “propios” explotadores. En Alemania, el SPD, Die Linke y la burocracia sindical hacen campaña para que la manufacturera automotriz Opel, actualmente propiedad de General Motors, “vuelva a ser alemana”. En Gran Bretaña, las burocracias sindicales de Unite y GMB apoyaron en febrero huelgas de trabajadores de la construcción que exigían “empleos británicos para los trabajadores británicos”, una consigna largamente asociada con los fascistas (que participaron en mítines de huelguistas) y recientemente usada por el primer ministro laborista Gordon Brown. De forma escandalosa, la sección británica del seudotrotskista Comité por una Internacional Obrera, bajo la dirección de Peter Taaffe, justificó y ayudó a dirigir estas huelgas reaccionarias.
El movimiento obrero tiene un interés vital en defender a los obreros extranjeros, luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y movilizarse contra el terror racista y los ataques contra los derechos democráticos. La lógica del reformismo es inherentemente nacionalista; divide a la clase obrera sobre líneas nacionales, étnicas y raciales en una riña por las pocas migajas que los capitalistas están dispuestos a arrojarles a sus esclavos asalariados. Para romper con este juego en donde sólo se pierde se necesita un programa de lucha de clases internacional contra el enemigo capitalista común. Como escribió en 1934 León Trotsky, codirigente junto con V.I. Lenin de la Revolución de Octubre:
“Sólo el partido que ya en época de paz luchó irreconciliablemente contra el estado nacional puede no atarse a éste durante la guerra, puede seguir el mapa de la lucha de clases y no el de las batallas bélicas. La vanguardia proletaria únicamente se volverá invulnerable a toda suerte de patriotismo nacional si comprende plenamente el rol objetivamente reaccionario del estado imperialista. Esto significa que sólo se puede romper con la ideología y la política de la ‘defensa nacional’ desde la perspectiva de la revolución proletaria internacional.”
—“La guerra y la Cuarta Internacional”
En este espíritu luchamos por que la clase obrera entienda la necesidad de echar abajo la racista “Fortaleza Europa” y la Unión Europea capitalista a través de la revolución obrera. La UE es una alianza reaccionaria y antiobrera centrada en las principales potencias imperialistas europeas, que buscan mejorar su posición competitiva contra sus rivales estadounidense y japonés. ¡Por unos estados unidos socialistas de Europa y una economía socialista planificada internacional!
¡Por nuevas revoluciones de Octubre alrededor del mundo!
En los años 80, Afganistán estaba también al centro de la campaña bélica de los imperialistas de la OTAN. A finales de 1979, el Ejército Rojo soviético intervino en Afganistán después de repetidas solicitudes del régimen nacionalista modernizante del PDPA, que trató de introducir reformas sociales mínimas y enfrentó una yihad (guerra santa) respaldada por EE.UU. y dirigida por terratenientes reaccionarios, jefes tribales y mullahs. Los imperialistas estadounidenses tomaron la intervención soviética como pretexto para una renovada cruzada antisoviética, y entrenaron y financiaron masivamente a los reaccionarios muyajedín —principalmente a través de la acción del ejército pakistaní y su Inter-Services Intelligence (inteligencia pakistaní)— para matar a soldados soviéticos. El Talibán y Al Qaeda son monstruos de Frankenstein que se han vuelto contra sus antiguos amos imperialistas.
La intervención soviética fue progresista sin ambigüedades, lo cual subraya el entendimiento trotskista de que, a pesar de su degeneración bajo una casta burocrática estalinista, la Unión Soviética seguía siendo un estado obrero que encarnaba las conquistas históricas de la Revolución de Octubre, centralmente la economía planificada y la propiedad colectivizada. Éstas eran conquistas enormes, no en poca medida para las mujeres y los pueblos históricamente musulmanes del Asia Central soviética. Durante la intervención soviética, voluntarias afganas en las milicias lucharon armas en mano contra los degolladores muyajedín respaldados por la CIA por el derecho básico de no usar la burka y de no ser vendidas como ganado. La tendencia espartaquista internacional, ahora la LCI, dijo “¡Viva el Ejército Rojo en Afganistán!” y llamó por la extensión de las conquistas sociales de Octubre a todos los pueblos afganos.
Del otro lado, a los muyajedín y los imperialistas se unió el grueso de la izquierda reformista internacional, que se sumó a sus amos exigiendo a gritos el retiro de las fuerzas soviéticas. Nosotros, los trotskistas de la LCI, fuimos únicos en luchar invariablemente contra la contrarrevolución, desde Berlín Oriental hasta Moscú, procurando movilizar sobre estas bases a las masas obreras para barrer con la entreguista burocracia estalinista y establecer el dominio de los consejos obreros. En esto, nos guiaba el mismo programa revolucionario internacionalista con el que luchamos hoy día para forjar partidos obreros revolucionarios que constituyan secciones de una IV Internacional reforjada, partido mundial de la revolución socialista. El camino de la revolución proletaria internacional es la única alternativa a la destrucción de la humanidad por parte del imperialismo. ¡Abajo el imperialismo! ¡Por nuevas revoluciones de Octubre en todo el mundo!
—Comité Ejecutivo Internacional de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)
27 de marzo de 2009
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2016.06.03 02:55 ShaunaDorothy ¡Por unos estados unidos socialistas de Europa! ¡Abajo la OTAN! (27 de marzo de 2009)

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27 de marzo de 2009
¡Por unos estados unidos socialistas de Europa!
¡Abajo la OTAN!
Declaración de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)
En su reunión de abril en Estrasburgo, Francia, el nuevo presidente estadounidense Barack Obama y los dirigentes de Francia, Alemania y otros países miembros de la OTAN celebrarán el 60 aniversario de esta alianza imperialista. La reunión tomará lugar en el contexto de las brutales, y aún en curso, ocupaciones neocoloniales de Irak y Afganistán, la reciente masacre de palestinos en Gaza y la creciente crisis económica mundial que amenaza el sustento de cientos de millones de personas. Casi 18 años después de la caída de la Unión Soviética, y a pesar de los incesantes mantras burgueses acerca de la superioridad del capitalismo, este sistema profundamente irracional está demostrando por sí mismo una vez más que Karl Marx tenía razón.
La única forma de escapar del callejón sin salida al que el capitalismo ha conducido a la humanidad es la revolución proletaria internacional que le arrebate las fuerzas productivas a una minoría explotadora y organice la sociedad sobre bases racionales. Se requiere del dominio obrero internacional para limpiar el desastre dejado por el imperialismo capitalista en decadencia y para sentar las bases de una sociedad comunista sin clases, en donde la escasez económica, la explotación, la opresión y la guerra sean reliquias de un pasado sumido en las tinieblas. El punto de partida es el entendimiento marxista de que la clase obrera no puede utilizar al estado capitalista para sus propios intereses; en cambio, ese estado debe ser destruido y remplazado por un estado obrero, la dictadura del proletariado.
Se espera que decenas de miles se manifiesten contra la cumbre de aniversario de la OTAN, y el estado burgués está preparándose para responder con la bota militar de la represión policiaca. Pero el objetivo de los organizadores de la protesta —que rechazan los objetivos del comunismo y la estrategia proletaria, revolucionaria e internacionalista necesaria para alcanzarlos— es presionar a los imperialistas para que efectúen pequeños “cambios” y puedan venderles mejor su sistema de explotación a los obreros y los oprimidos. Los socialdemócratas, los liberales “globalifóbicos” y los pacifistas burgueses empujan vetustos discursos sobre las “políticas de paz” y la “cooperación internacional” para engañar a las masas y favorecer los intereses de sus propias burguesías. Los anarquistas que están movilizándose para las manifestaciones —por ejemplo, con la consigna “Smash, we can!” [“¡Aplastémoslo, sí podemos!”]— no tienen nada que ofrecer más que la ilusión de “obligar” al desarme bajo el capitalismo.
El empuje hacia la guerra está inextricablemente enraizado en el sistema capitalista, como lo está el empuje a incrementar las ganancias. El imperialismo es la fase superior del capitalismo, marcado por la dominación del orbe por un pequeño club exclusivo de grandes potencias capitalistas que gobiernan sobre las naciones más débiles y dependientes. Durante el siglo pasado, en dos ocasiones la competencia imperialista por recursos, mercados y esferas de explotación estalló en guerras mundiales cataclísmicas. En 1915, en medio de la primera guerra interimperialista, el destacado dirigente bolchevique V.I. Lenin atacó a quienes difunden ilusiones en el capitalismo al predicar sobre la “paz en general”:
“Nada ciega más a los obreros, les inculca la falsa idea de que la contradicción entre el capitalismo y el socialismo es superficial; nada hay que encubra mejor la esclavitud capitalista. No; debemos utilizar el estado de ánimo favorable a la paz para explicar a las masas que los beneficios que esperan de ella son imposibles sin una serie de revoluciones.”
Guiados por este programa revolucionario, Lenin y los bolcheviques dirigieron la Revolución de Octubre de 1917, que derrocó al capitalismo y sacó a Rusia de la Primera Guerra Mundial.
La alianza bélica de la OTAN fue formada después de la Segunda Guerra Mundial —y de la victoria del Ejército Rojo soviético sobre el III Reich de Hitler— como parte de la campaña de los imperialistas para “echar atrás al comunismo”. Desde la Guerra de Corea en los años 50 hasta el golpe militar de 1980 en Turquía, puesto de avanzada de la OTAN, la cruzada antisoviética dirigida por EE.UU. fue sellada con la sangre de millones de obreros, izquierdistas y miembros de nacionalidades oprimidas. El orden mundial imperialista de hoy en día ha sido moldeado por la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética en 1991-92. Ésta fue una derrota histórica para las masas obreras internacionalmente, especialmente para las poblaciones de la antigua Unión Soviética, Europa Oriental y la ex RDA, que han enfrentado un empobrecimiento masivo. La restauración capitalista vino acompañada de masacres comunalistas y derramamiento fratricida de sangre, y dio impulso a éstos, como pudo verse de manera más reciente con la guerra entre Rusia y Georgia, estado cliente de EE.UU. El colapso de la URSS alentó los apetitos de los imperialistas de pisotear al mundo entero con impunidad. Los catastróficos resultados de la contrarrevolución subrayan la importancia vital que tiene hoy en día la defensa militar incondicional de China, el más poderoso de los estados obreros burocráticamente deformados que aún existen, y los demás países donde ha sido derrocado el yugo capitalista: Cuba, Corea del Norte y Vietnam. Llamamos por la revolución política proletaria para remplazar a las burocracias estalinistas parasitarias con regímenes basados en la democracia obrera y el internacionalismo bolchevique.
Barack Obama: Comandante en jefe del racista imperialismo estadounidense
Hoy en día, es necesario reafirmar el entendimiento elemental de que el presidente del estado capitalista estadounidense es el enemigo de clase de los obreros y los oprimidos del mundo, particularmente del proletariado estadounidense, de los inmigrantes y de la especialmente oprimida población negra. Aunque la decisión de cerrar Guantánamo (en el lapso de un año) y de considerar la liberación de algunos detenidos fue presentada con bombo y platillo, Obama ha endosado la detención indefinida, que trae a la mente las dictaduras de estado policiaco, y, en general, está decido a continuar la “guerra contra el terrorismo” de Bush. En esto, está completamente de acuerdo con los gobernantes europeos, que simplemente querían darle una ligera fachada “humanitaria” a esta cruzada, que ha sido utilizada por todos los gobiernos imperialistas para fortalecer la represión estatal contra las minorías oprimidas y la clase obrera y para justificar ideológicamente las depredaciones imperialistas. EE.UU., la ONU y la UE han aplicado sanciones contra Irán y continúan amenazándolo por su programa nuclear. No podría quedar más claro que Irán necesita armas nucleares para refrenar un ataque imperialista.
Mientras el imperialismo estadounidense busca una “estrategia de salida” del atolladero en el devastado Irak, Afganistán ha pasado a ser el centro de atención bajo Obama. Allí, una fuerza de ocupación de la OTAN de 68 mil tropas, incluyendo un contingente no estadounidense de 32 mil, continúa su octavo año de devastación del país. Obama hizo su campaña y asumió la presidencia bajo la promesa de reducir los niveles de tropas estadounidenses en Irak para dedicarse a lo que un sector significativo de la burguesía estadounidense considera objetivos más estratégicos. Ahora mismo, está haciendo precisamente eso con el envío de 17 mil tropas estadounidenses adicionales a Afganistán y con una escalada de los asesinos bombardeos estadounidenses contra aldeas del vecino Pakistán. Durante años, EE.UU. sostuvo un régimen dictatorial tras otro en Islamabad, favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento de las fuerzas fundamentalistas islámicas apoyadas por el ejército pakistaní. Ahora este país, inestable y armado nuclearmente, podría comenzar a desmoronarse bajo el impacto de la extensión de la guerra afgana por parte de Obama y la presión estadounidense sobre el ejército pakistaní para que expulse al Talibán y sus aliados de las áreas tribales que hacen frontera con Afganistán.
La escalada militar toma lugar en el contexto del desplome que está sufriendo la base económica del imperialismo estadounidense y que ha adquirido proporciones internacionales. La contradicción entre el avasallador poderío militar del imperialismo estadounidense y su debilitada posición económica es la causa del incremento en la irracionalidad y la agresividad de los gobernantes estadounidenses. Éstos ven la presidencia de Obama como su mejor apuesta para reafirmar su posición dominante en esta situación. Haciendo su parte, la izquierda reformista en EE.UU. adoptó la perspectiva de “cualquiera menos Bush”. Tras la victoria de Obama no cabían en sí, como ejemplificó el Workers World Party [Partido Mundo Obrero] al afirmar efusivamente en su periódico del 20 de noviembre de 2008 que: “Como comunistas y revolucionarios nos sumamos a la alegría de los oprimidos y demás progresistas que se reúnen en celebración desde Harlem hasta Colombia y de Japón hasta Kenia con la elección de Obama.”
En aguda contraposición a este grotesco entusiasmo con el nuevo comandante en jefe del bañado en sangre imperialismo estadounidense, la Spartacist League/U.S., sección de la Liga Comunista Internacional (LCI), se opuso por principio a cualquier tipo de apoyo a Obama y todos los demás políticos burgueses, luchando para que los obreros, los jóvenes y los oprimidos rompan con las ilusiones en el Partido Demócrata capitalista y para forjar el partido obrero revolucionario multirracial que se necesita para barrer con el imperialismo estadounidense. Nuestra sección estadounidense dijo la verdad sobre el significado de la presidencia de Obama al escribir inmediatamente después de las elecciones:
“Desde el punto de vista de la clase obrera internacional y de los oprimidos, no hay nada que celebrar en la victoria de Obama, y sí mucho que temer. El entusiasmo entre grandes sectores de la burguesía, por otra parte, está justificado. Después de casi ocho años de uno de los regímenes más incompetentes y ampliamente despreciados de la historia reciente de EE.UU., ahora tienen en Obama un rostro más racional que darle a su sistema brutal e irracional. Obama también ha inspirado ilusiones en los adornos de la democracia burguesa, el recurso a través del cual los capitalistas disfrazan su dominio con la apariencia de un mandato popular. En el extranjero, Obama proporciona una invaluable cirugía plástica al imperialismo estadounidense, principal enemigo de los trabajadores del mundo.”
—Workers Vanguard No. 925, 21 de noviembre de 2008
Los reformistas europeos apoyan a sus propios gobernantes imperialistas
Por su parte, los reformistas europeos también celebran la victoria de Obama en nombre de la política burguesa del “mal menor”. Su visión del gobierno de Obama, a través del lente de sus propios explotadores capitalistas, es que éste será más razonable y “multilateral” que el de su antecesor. De ese modo, Gregor Gysi, Oskar Lafontaine y Lothar Bisky, dirigentes del partido socialdemócrata Die Linke [partido La Izquierda] en Alemania enviaron a Obama sus “más sentidas felicitaciones”: “La lucha mundial para eliminar la pobreza, para dar a los conflictos una resolución pacífica, contra la catástrofe ambiental, y actualmente contra la crisis financiera internacional más severa en 80 años requiere de la estrecha cooperación y colaboración de la comunidad de estados sobre la base del dominio del derecho internacional” (5 de noviembre de 2008).
Desde la “extrema izquierda”, se unió al coro Alain Krivine, dirigente de la Ligue communiste révolutionnaire (LCR, Liga Comunista Revolucionaria), la sección francesa del falso trotskista “Secretariado Unificado”, que desde entonces se ha liquidado en su propia creación, el abiertamente socialdemócrata Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Aunque admite que Obama es un “defensor del capitalismo”, Krivine escribió entusiastamente en la edición del 22 de enero de Rouge, periódico de la LCR: “Su popularidad y las esperanzas que ha levantado están al nivel del descrédito, el disgusto incluso, que ha dejado la política de Bush. No escondamos entonces nuestro placer al ver al fin una condena total de la que fue una de las presidencias más reaccionarias de los Estados Unidos. Más vale tarde que nunca.”
Como subrayan todos estos tributos al nuevo policía supremo del imperialismo estadounidense, la oposición de los reformistas a ciertas políticas de EE.UU. y la OTAN, como la invasión de Irak en 2003 o el envío de más tropas a Afganistán hoy en día, nada tiene que ver con la oposición al sistema imperialista. En cambio, consideran que políticas como éstas atentan contra los “intereses nacionales” de sus propios países capitalistas, que ellos sienten estarían mejor protegidos a través de un mayor grado de independencia respecto de la OTAN dominada por EE.UU., por ejemplo, a través de un eje capitalista franco-germano-ruso como el que promueve Lafontaine. La exigencia central del NPA francés, al movilizarse para la manifestación de Estrasburgo, es que “Francia debería renunciar a su integración en el comando militar de la OTAN”, mientras que grupos reformistas en Alemania, especialmente el Partido Comunista (DKP), junge Welt y los remanentes estalinistas alrededor de la Plataforma Comunista de Die Linke, hacen campaña para que el imperialismo alemán “abandone la OTAN”.
A finales del 2002, la LCR, la italiana Rifondazione Comunista [Refundación Comunista] y los británicos Socialist Workers Party [Partido Obrero Socialista] y Workers Power [Poder Obrero], se unieron para firmar un llamado “A todos los ciudadanos de Europa y todos sus representantes”: “Quienes muestren solidaridad con el pueblo de Irak no serán escuchados en la Casa Blanca. Pero tenemos la oportunidad de influenciar a los gobiernos europeos —muchos de los cuales se han opuesto a la guerra—. Llamamos a todos los jefes de estado europeos a que se opongan públicamente a esta guerra, tenga o no el respaldo de la ONU, y a que exijan que George Bush abandone sus planes de guerra.” ¡Qué encubrimiento de la burguesía alemana de Auschwitz, de los imperialistas franceses que bañaron en sangre a Argelia, de los ocupantes británicos de Irlanda del Norte y de los carniceros italianos de Etiopía! La única razón por la que los imperialistas europeos sienten actualmente mayores reservas para embarcarse en sus propias aventuras imperialistas en el extranjero es porque su poder militar es enormemente inferior al de EE.UU.
Este rastrero llamado otorgó amnistía a los gobiernos europeos que estaban metidos hasta el cuello en la “guerra contra el terrorismo” y las ocupaciones de Afganistán y los Balcanes. Constituyó una ayuda objetiva para los masivos ataques racistas y antiobreros llevados a cabo en casa por estos mismos gobiernos capitalistas. Ahora que Obama es presidente, los reformistas europeos parecen creer que sus gobernantes “serán escuchados en la Casa Blanca” —si tan sólo se aplica suficiente “presión de las masas”—.
En la antesala de la guerra aérea de 1999 contra Serbia y las invasiones de Afganistán en 2001 e Irak en 2003, en la LCI estuvimos por la defensa militar de esos países contra el ataque imperialista sin dar ningún tipo de apoyo político a los degolladores reaccionarios antimujer del Talibán o a las sangrientas dictaduras capitalistas de Saddam Hussein y Slobodan Milosevic. Nos opusimos al bloqueo hambreador de las Naciones Unidas contra Irak y a otras sanciones imperialistas de la ONU. Subrayamos que cada victoria de los imperialistas en sus aventuras militares alienta más guerras de depredación y que cada retroceso sirve para auxiliar la lucha de los trabajadores y los oprimidos en todo el mundo. Llamamos por el retiro inmediato e incondicional de todas las fuerzas de EE.UU., la OTAN, la UE y la ONU de Irak, Afganistán, Pakistán, el Medio Oriente, Asia Central y los Balcanes. El principal medio para defender a las víctimas de la opresión neocolonial contra el abrumador poderío militar del imperialismo estadounidense y sus aliados de la OTAN es la lucha de clases internacional, especialmente por parte del proletariado multirracial estadounidense y sus hermanos de clase en Europa, Japón y otros lugares.
El socialchovinismo y la postración de los reformistas frente a los gobernantes imperialistas en términos de política exterior encuentran su equivalente “en casa” en su apoyo a la colaboración de clases y el proteccionismo. La crisis económica mundial está haciendo trizas las ilusiones de que puede haber una unidad continua entre los imperialistas, ya sea al interior de Europa o entre Europa y EE.UU. Mientras tanto, los imperialistas de Europa Occidental les han dicho a sus burguesías clientes en Europa Oriental que se vayan al demonio. Y, como siempre, los lugartenientes obreros del capitalismo se mantienen firmes junto a sus “propios” explotadores. En Alemania, el SPD, Die Linke y la burocracia sindical hacen campaña para que la manufacturera automotriz Opel, actualmente propiedad de General Motors, “vuelva a ser alemana”. En Gran Bretaña, las burocracias sindicales de Unite y GMB apoyaron en febrero huelgas de trabajadores de la construcción que exigían “empleos británicos para los trabajadores británicos”, una consigna largamente asociada con los fascistas (que participaron en mítines de huelguistas) y recientemente usada por el primer ministro laborista Gordon Brown. De forma escandalosa, la sección británica del seudotrotskista Comité por una Internacional Obrera, bajo la dirección de Peter Taaffe, justificó y ayudó a dirigirestas huelgas reaccionarias.
El movimiento obrero tiene un interés vital en defender a los obreros extranjeros, luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y movilizarse contra el terror racista y los ataques contra los derechos democráticos. La lógica del reformismo es inherentemente nacionalista; divide a la clase obrera sobre líneas nacionales, étnicas y raciales en una riña por las pocas migajas que los capitalistas están dispuestos a arrojarles a sus esclavos asalariados. Para romper con este juego en donde sólo se pierde se necesita un programa de lucha de clases internacional contra el enemigo capitalista común. Como escribió en 1934 León Trotsky, codirigente junto con V.I. Lenin de la Revolución de Octubre:
“Sólo el partido que ya en época de paz luchó irreconciliablemente contra el estado nacional puede no atarse a éste durante la guerra, puede seguir el mapa de la lucha de clases y no el de las batallas bélicas. La vanguardia proletaria únicamente se volverá invulnerable a toda suerte de patriotismo nacional si comprende plenamente el rol objetivamente reaccionario del estado imperialista. Esto significa que sólo se puede romper con la ideología y la política de la ‘defensa nacional’ desde la perspectiva de la revolución proletaria internacional.”
—“La guerra y la Cuarta Internacional”
En este espíritu luchamos por que la clase obrera entienda la necesidad de echar abajo la racista “Fortaleza Europa” y la Unión Europea capitalista a través de la revolución obrera. La UE es una alianza reaccionaria y antiobrera centrada en las principales potencias imperialistas europeas, que buscan mejorar su posición competitiva contra sus rivales estadounidense y japonés. ¡Por unos estados unidos socialistas de Europa y una economía socialista planificada internacional!
¡Por nuevas revoluciones de Octubre alrededor del mundo!
En los años 80, Afganistán estaba también al centro de la campaña bélica de los imperialistas de la OTAN. A finales de 1979, el Ejército Rojo soviético intervino en Afganistán después de repetidas solicitudes del régimen nacionalista modernizante del PDPA, que trató de introducir reformas sociales mínimas y enfrentó una yihad (guerra santa) respaldada por EE.UU. y dirigida por terratenientes reaccionarios, jefes tribales y mullahs. Los imperialistas estadounidenses tomaron la intervención soviética como pretexto para una renovada cruzada antisoviética, y entrenaron y financiaron masivamente a los reaccionarios muyajedín —principalmente a través de la acción del ejército pakistaní y su Inter-Services Intelligence (inteligencia pakistaní)— para matar a soldados soviéticos. El Talibán y Al Qaeda son monstruos de Frankenstein que se han vuelto contra sus antiguos amos imperialistas.
La intervención soviética fue progresista sin ambigüedades, lo cual subraya el entendimiento trotskista de que, a pesar de su degeneración bajo una casta burocrática estalinista, la Unión Soviética seguía siendo un estado obrero que encarnaba las conquistas históricas de la Revolución de Octubre, centralmente la economía planificada y la propiedad colectivizada. Éstas eran conquistas enormes, no en poca medida para las mujeres y los pueblos históricamente musulmanes del Asia Central soviética. Durante la intervención soviética, voluntarias afganas en las milicias lucharon armas en mano contra los degolladores muyajedín respaldados por la CIA por el derecho básico de no usar la burka y de no ser vendidas como ganado. La tendencia espartaquista internacional, ahora la LCI, dijo “¡Viva el Ejército Rojo en Afganistán!” y llamó por la extensión de las conquistas sociales de Octubre a todos los pueblos afganos.
Del otro lado, a los muyajedín y los imperialistas se unió el grueso de la izquierda reformista internacional, que se sumó a sus amos exigiendo a gritos el retiro de las fuerzas soviéticas. Nosotros, los trotskistas de la LCI, fuimos únicos en luchar invariablemente contra la contrarrevolución, desde Berlín Oriental hasta Moscú, procurando movilizar sobre estas bases a las masas obreras para barrer con la entreguista burocracia estalinista y establecer el dominio de los consejos obreros. En esto, nos guiaba el mismo programa revolucionario internacionalista con el que luchamos hoy día para forjar partidos obreros revolucionarios que constituyan secciones de una IV Internacional reforjada, partido mundial de la revolución socialista. El camino de la revolución proletaria internacional es la única alternativa a la destrucción de la humanidad por parte del imperialismo. ¡Abajo el imperialismo! ¡Por nuevas revoluciones de Octubre en todo el mundo!
—Comité Ejecutivo Internacional de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) 27 de marzo de 2009
http://www.icl-fi.org/espanol/leaflets/otan.html
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